#Praise #Alaba Alaba, aun en el dolor

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#Praise #Alaba.

A lo largo de nuestra vida cristiana nos acostumbramos a alabar. Estamos familiarizados con muchos himnos y coritos, nuevos y antiguos usados para alabar a Dios. Es común hablar de la alabanza y generalmente lo hacemos con liviandad. No porque no creamos que sea importante, sino porque nos conformamos con pensar que cumplimos esa parte de nuestro rol cristiano repitiendo ¡Aleluya! durante el servicio o musitando timidamente los himnos, intentando seguir la musica del órgano.

Uno de los predicadores más famosos de habla hispana en el mundo actual es Marcos Witt, pastor, compositor y cantante, que ha obtenido éxito y reconocimiento por su trabajo musical incluso desde el ámbito secular, tiene una gran fijación sobre un tema que trata siempre y al que vuelve en casi cada intervención: es el de ser un “verdadero adorador”. Como cristianos estamos prevenidos contra la hipocresía y motivados a “adorar en Espíritu y en verdad” Pero ¿qué es eso?
Os invito a leer Lucas 2:22-33:

22 Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor 23 (como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor, 24 y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos. 25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.

27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, 28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:

29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz,
Conforme a tu palabra;

30 Porque han visto mis ojos tu salvación,

31 La cual has preparado en presencia de todos los pueblos;

32 Luz para revelación a los gentiles,
Y gloria de tu pueblo Israel.

33 Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él.

En él se nos relata el encuentro de la Sagrada Familia con el viejo Simeón, hombre justo que esperaba la consolación de Israel. Al verlos el Espíritu Santo le dirige a acercarse al niño y adorar a Dios por enviar a su Ungido. Él no verá sus obras, pero sus ojos han mirado la salvación.
Hoy no es un día de celebración. Si vemos las noticias nos enteraremos que 20 hermanos cristianos han sido asesinados por los terroristas en Egipto. Es tiempo de luto y de dolor. Pero ellos los cristianos perseguidos son quienes menos lloran. Gimen de dolor por sus muertos y aun así no cuestionan a Dios ni se rebelan. Al contrario, adoran más porque confían en que los mártires ya están descansando en la Gloria del Altísimo. Esa es la verdadera naturaleza de la alabanza.

Alabar, en último caso, no es agradecer por lo bueno igual que no pedir para que quite lo malo, Es cierto que las alabanzas e himnos no pueden obviar las bondades que tiene el Señor Dios con su Pueblo. Si vamos a los Salmos la mayoría de alabanzas se centran en recopilar las buenas y misericordiosas obras de Jehová con su Pueblo.  Sin embrago el Salmo 147 tiene un comienzo que vale la pena releer para comprender mejor:

Alabad a JAH,
Porque es bueno cantar salmos a nuestro Dios;
Porque suave y hermosa es la alabanza.

Jehová edifica a Jerusalén;
A los desterrados de Israel recogerá.

El sana a los quebrantados de corazón,
Y venda sus heridas.

La cuenta el número de las estrellas;
A todas ellas llama por sus nombres.

Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder;
Y su entendimiento es infinito.

Jehová exalta a los humildes,
Y humilla a los impíos hasta la tierra.

Cantad a Jehová con alabanza,
Cantad con arpa a nuestro Dios.

El es quien cubre de nubes los cielos,
El que prepara la lluvia para la tierra,
El que hace a los montes producir hierba.

El da a la bestia su mantenimiento,
Y a los hijos de los cuervos que claman.

10 No se deleita en la fuerza del caballo,
Ni se complace en la agilidad del hombre.

11 Se complace Jehová en los que le temen,
Y en los que esperan en su misericordia.

12 Alaba a Jehová, Jerusalén;
Alaba a tu Dios, oh Sion.

13 Porque fortificó los cerrojos de tus puertas;
Bendijo a tus hijos dentro de ti.

14 El da en tu territorio la paz;
Te hará saciar con lo mejor del trigo.

15 El envía su palabra a la tierra;
Velozmente corre su palabra.

16 Da la nieve como lana,
Y derrama la escarcha como ceniza.

17 Echa su hielo como pedazos;
Ante su frío, ¿quién resistirá?

18 Enviará su palabra, y los derretirá;
Soplará su viento, y fluirán las aguas.

19 Ha manifestado sus palabras a Jacob,
Sus estatutos y sus juicios a Israel.

20 No ha hecho así con ninguna otra de las naciones;
Y en cuanto a sus juicios, no los conocieron.
Aleluya.

Debemos caer rendidos ante el Trono de Dios, alabar su nombre por ser el Creador, por ser tan generoso que nos permite llamarle: “Padre nuestro”. Pero la alabanza no es simple agradecimiento, Según el salmista es sencillamente buena y dulce. En ella encontramos sentido a nuestra vocación como proclamadores del Evangelio. No solo se adora con palabras, también con actos, y lo que es más importante con hábitos, con una constancia vital en la fe que permita ver a los demás que cada parte de nuestro ser ha sido transformada por la obra de Cristo en la cruz. Para ello es indiferente que tengamos mucho o poco que agradecer porque no importan las circunstancias cambiantes sino estar dispuesto a seguir la dirección del Espíritu Santo hasta las últimas consecuencias.

Debemos proclamar la grandeza de Dios, aunque todo sea malo, aunque todo parezca adverso, aunque el dolor nos arrincone. Eso es alabanza porque no viene de nosotros sino del Espíritu Santo que nos cambia y nos da sabiduría para que, en los momentos en que el hombre viejo blasfemaría y se revolvería, el nuevo hombre cristiano pueda postrarse y adorar.

Una anécdota de la Historia patria puede ser útil para ejemplificar esto. Los Reyes Católicos solo tuvieron un hijo varón y varias hijas. el varón, el Príncipe era el heredero que debía dar continuidad y paz a los reinos de sus padres.  Sin embargo, el muchacho murió antes que ellos. Se cuenta que la Reina Isabel hizo suyas entonces las palabras de Job y ante el cuerpo de su amado hijo dijo: el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, sea alabado el nombre del Señor.

Esa alabanza en el dolor es más complicada que alzar las manos frente a la congregación con alegría. Pero es más pura, precisamente porque ya no eres tú el que importa, es Dios y su grandeza, Dios y su magnificencia, Dios y su sabiduría. La sangre de los mártires nos duele, pero incluso ella es una alabanza ¿Cómo? ¿Qué locura es esa? Lo es, pues es un recordatorio de que ellos no fueron separados del amor de Dios. Parafraseando a Pablo en la Carta a los Romanos: ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, y ni siquiera la espada (o las bombas) han podido ser más fuerte que la fe de nuestros hermanos mártires

Así que es tiempo de alabar, hoy tanto como ayer y entregarnos con fe a las manos de nuestro Padre, estemos dispuestos ser auténticos adoradores, firmes y seguros para elevar nuestra oración al Cielo y decirle: “Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea Tu Nombre”.

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