¿Qué es Cuaresma?

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Amados, hace solo unos días la Iglesia de Jesucristo, inició uno de los tiempos más significativos del Calendario Cristiano. Con razón es llamado tiempo de gracia y compasión, con estos y otros tonos de misericordia divina y devoción cristiana se presena la Cuaresma, ella viene a ser para el pueblo santo una invitación a renovar el compromiso Bautismal por medio de la oración, una oración que sea más profunda, a una corrección comprometida, individual y comunitaria, al amor en ayuda de los más necesitados. Somos invitados además, a abrirnos y descubrir todo lo que ha causado separación entre nosotros y entre Dios, a reconocer nuestras faltas y a enmendarlas por medio del arrepentimiento y la total ayuda de nuestro Señor que es compasivo y misericordioso. El arrepentimiento significa verdadera conversión, entonces pudiésemos preguntarnos que es la conversión en el espectro de la fe cristiana.

Convertirse es volverse a Dios, dejar los caminos torcidos, regresar a la senda marcada por la Cruz, acercarse más a él mediante el ayuno, la oración y obras de caridad, sí porque la conversión debe ser verdadera, viva, no aparente, dice el Señor en la voz del profeta Joel: “enluten su corazón, no sus vestidos”. Es decir: el cambio debe ser interior, en el corazón, no puede ser la ceniza en la frente sin un verdadero regreso, si es que estamos de espaldas a Dios, o un verdadero acercamiento, si es que estamos de frente a Dios. Todos sabemos lo que debemos dejar, cual es aquella falta en la que perseveramos y Dios desea que abandonemos, la Cuaresma es el tiempo propicio para ese arrepentimiento, es la Cuaresma un periodo de ejercicio de la fe.

Todo esto está muy bien, pero para comprender mejor el caracter de este gran tiempo de renovación debemos hacer un poco de historia, ¿qué dio génesis a este tiempo celebrado por la Iglesia Cristiana durante tantos siglos? Fueron nuestros primeros hermanos quienes en su observancia devota a los días de la pasión y resurrección de Jesucristo, comenzaron a prepararse para ellos por medio de una estación de penitencia y ayuno que duraba cuarenta días. Esta estación proporcionaba la ocasión en que los catecúmenos eran preparados para recibir el Santo Bautismo, también era el momento para que cuantos se había separado del cuerpo de los fieles, a causa de sus pecados notorios, eran reconciliados mediante la penitencia y el perdón, y restaurados a la comunión de la Iglesia. De este modo se recordaba a la congregación el mensaje de perdón y absolución proclamado en el Evangelio de nuestro Salvador, y la necesidad constante de todo cristiano de renovar su arrepentimiento y su fe.

La Cuaresma como tiempo de conversión y purificación, tiene fuertes antecedentes en la manera en que Dios trató con su pueblo Israel a través de toda la historia de la salvación. Si nos remitimos a la Biblia se puede decir que el pueblo de Israel nació en la Cuaresma del desierto, cuarenta años peregrinando hacia la tierra prometida por el camino más largo. El trayecto más corto era subir de Egipto a Palestina, sin dejar la tierra firme y sin tener que atravesar el mar rojo. Todo esto como plan del Altísimo para demostrarle su poder, amor y providencia, fue necesario que estuviera apartado para que al final pudieran ver el cumplimiento de la promesa. De este retiro fueron ejemplos Moisés y Elías, solo después de cuarenta días de ayuno fueron testigos del poder de Dios, aún más Jesús, quien después de haber sido bautizado por Juan, se retiró en el desierto cuarenta días y cuarenta noches en ayuno, antes de comenzar su ministerio público. Si tenemos en cuenta que Cuaresma es también purificación del espíritu, no debemos olvidar que cuarenta días y cuarenta noches duró el diluvio que purificó la tierra del pecado y la maldad del hombre.

Motivados por tales ejemplos la Iglesia de Jesucristo está llamada a ir al desierto, no pensemos nunca que este tiempo que comenzamos se nos propone como fruto de la inventiva de un grupo de creyentes que no tenían nada que hacer, si creyéramos esto, estaríamos negando la inspiración del Espíritu Santo en medio de la Iglesia. Debemos saber leer en clave de fe, cuando el Señor nos insta de alguna manera, de esta u otra forma en lo referente a un asunto, no podemos estar con rodeos, debemos rendirnos amorosamente y cumplir su propósito. Es por eso que la Cuaresma es un tiempo para ser vivido por nosotros hoy como un sacramento de salvación, dice el apóstol Pablo en la segunda lectura del Miércoles de Ceniza: “ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación”.

Jesucristo ha inaugurado el tiempo de salvación, de reconciliación, el apóstol nos propone la reconciliación con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, de modo que abandonemos todo temor, dejemos de pensar que Dios es más dado a la cólera que al perdón y nos abandonemos ante el autor de la vida, Fuente del Amor. En la segunda carta a lo corintios, capítulo 5, versículo 20, Pablo emplea el verbo griego “katallasso”, “reconciliarse”, característico de las relaciones matrimoniales, empleado para hablar de la reconciliación de los esposos cuando retornan a la vida íntima matrimonial que habían roto. De esta manera exhorta a los cristianos a volver a la unión con Dios, rota por el pecado, y prepararse como la novia que espera a su Señor apercibida, con su lámpara encendida y vestida de lino fino y resplandeciente.

Busquemos el recogimiento donde oigamos a Dios, dediquemos estos cuarenta días a la conversión que nos habla Isaías: “Convertíos a mí de todo corazón” (Isaías 25, 6). Es el corazón lo que pide el Señor, nuestra intimidad mejor, la más profunda, que pongamos nuestro pensamiento y cariño en el que continuamente nos llama. Cambiemos el corazón y no el traje, la voz del profeta Joel desea remover los cimientos mismos de la religiosidad y convertir los símbolos de luto en camino de conversión para todo el pueblo. Son días de no aceptar las imágenes de hambre, pobreza y angustia protegidas por la pantalla del televisor, como si parecieran lejos y no fueran una realidad visible de nuestra cotidianidad. Dejemos que nuestra vida se anime por el mismo espíritu de Jesús, de modo que la oración no falte en nuestros labios y la solidaridad se convierta en la expresión del amor fraterno. Nunca pretendiendo que nuestras obras sean alabadas ni reconocidas por los demás, actuemos de forma discreta, de modo que siempre reconozcamos que no somos nada delante del Señor, para que de él venga la recompensa.

Esta es una oportunidad de apartarnos del egoísmo, de humillar el espíritu en el ayuno, puede ayunarse no solo de alimentos y de bebidas. Puede ayunarse de televisión, por ejemplo, que bueno sería si dedicásemos parte del tiempo que pasamos delante del televisor, orando en familia, o leyendo la Biblia o en realizando alguna obra buena en favor de alguien que esté necesitado. La oración y el ayuno son medios para regresar a Dios y acercarnos más a él, las obras de caridad son el fruto de esa conversión.

Así como nos los indica el color morado presente en los ornamentos del altar durante este tiempo, es hora de inclinarnos ante el Rey con reverencia, y esperar pacientes su glorioso triunfo sobre la muerte, este que es también el nuestro. Vayamos confiadamente al trono de la gracia y roguemos al Señor diciendo:

Señor, tu que nos hiciste del polvo de la tierra, danos la fuerza para reconocer las debilidades que nos acusan, la frialdad que nos detiene, las sombras que nos atrapan. Muévenos al arrepentimiento, quema todo lo que nos separa, ayúdanos en entender que no es nuestra la luz con que brillamos, que aquel objeto de gloria, mañana puede llegar a ser cenizas. Por tanto, te pedimos que nos cubras con la fuerza del Espíritu y como un día purificaste la Tierra con las aguas del diluvio, limpia nuestro interior para poder ver con claridad los signos de tu resurrección. Por Cristo Jesús. Amén.

Abraham Luis Paula Ramírez.

Licenciado en Estudios Teológicos, Licenciado en Artes y organista de los Oficios Menores de la Catedral Anglicana de Madrid.

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